Fernando Asuero, el médico que desató una fiebre mundial prometiendo curar todos los males por la nariz
A fines de los años veinte, miles de personas hicieron cola para que un médico vasco les “tocara el trigémino”. Aseguraban que paralíticos volvían a caminar y que dolores de años desaparecían en minutos. Fernando Asuero fue recibido como una celebridad, discutido por algunos de los médicos más prestigiosos de España y llegó a la Argentina rodeado de multitudes. ¿Genio incomprendido, maestro de la sugestión o uno de los grandes fenómenos de la pseudomedicina del siglo XX?
Durante algunos meses de 1929, en España pareció que la medicina acababa de descubrir algo extraordinario.
Personas que habían llegado ayudadas por bastones afirmaban salir caminando. Enfermos con dolores crónicos decían sentirse repentinamente aliviados. Había testimonios sobre parálisis, sordera, asma, reumatismo y una cantidad cada vez mayor de enfermedades supuestamente tratadas con un procedimiento desconcertantemente sencillo.
El responsable era Fernando Asuero, un médico otorrinolaringólogo de San Sebastián que, prácticamente de la noche a la mañana, se convirtió en una celebridad internacional.
Su método tenía un nombre: asueroterapia.
Y el lugar donde ocurría el presunto prodigio era todavía más extraño: la nariz.
El doctor del trigémino
Asuero no era un curandero sin formación. Había estudiado Medicina en Madrid, se había especializado en enfermedades de garganta, nariz y oído y completado su preparación en París, entre otros centros europeos. Ejerció como médico hospitalario y después abrió su consulta privada en San Sebastián.
Hacia 1929 comenzó a difundir un procedimiento consistente en estimular o cauterizar determinados puntos de la mucosa nasal, relacionados según su teoría con ramas del nervio trigémino.
Asuero sostenía que aquellos estímulos podían desencadenar respuestas reflejas capaces de actuar sobre zonas muy alejadas del organismo.
El problema fue que la lista de males que supuestamente podían mejorar empezó a resultar asombrosamente extensa.
Se hablaba de reumatismo, asma, epilepsia, sordera, dolores crónicos e incluso determinadas parálisis. La prensa comenzó a publicar historias de enfermos que parecían recuperarse inmediatamente después del procedimiento.
Y ahí empezó el fenómeno.

Peregrinaciones a San Sebastián
La consulta quedó desbordada.
Enfermos procedentes de distintos puntos de España viajaban hasta San Sebastián esperando ser atendidos. La concentración llegó a ser tan grande que Asuero tuvo que trabajar durante un tiempo en instalaciones más amplias.
Los periódicos enviaban corresponsales. Aparecían caricaturas, canciones, chistes y discusiones sobre el trigémino. Su nombre pasó de los consultorios médicos a la cultura popular.
En 1929 incluso se filmó Las maravillosas curas del doctor Asuero, una película muda de Nemesio Sobrevila dedicada a mostrar algunos de aquellos casos extraordinarios.
El país se dividió entre quienes veían aparecer una revolución médica y quienes contemplaban el espectáculo con creciente alarma.
“Como no obedece a principios científicos…”
Entre los escépticos había nombres difíciles de ignorar.
Santiago Ramón y Cajal, Gregorio Marañón y el neurólogo Gonzalo Rodríguez Lafora cuestionaron seriamente la base científica del procedimiento. Una investigación histórica publicada en Neurosciences and History recupera una de las respuestas atribuidas a Cajal: consideraba el método inadmisible precisamente porque no encontraba en él principios científicos que lo sustentaran.
Pero había un problema fascinante. Algunos pacientes parecían mejorar realmente, y eso volvía el caso mucho más interesante que una simple historia de engaños.
La neurología moderna ofrece una explicación posible para una parte de aquellas curaciones.
El neurólogo Santiago Giménez-Roldán revisó décadas después numerosos casos y llegó a la conclusión de que varios de los pacientes descritos probablemente sufrían lo que actualmente llamaríamos trastornos neurológicos funcionales o psicogénicos.
Es decir: síntomas reales —dolor, dificultad para caminar, parálisis— en los que no necesariamente existía la lesión orgánica que aparentemente los explicaba.
En determinadas personas, una intervención rodeada de enorme expectativa podía producir una mejoría espectacular.
El fenómeno Asuero podría ser, por tanto, uno de los grandes ejemplos históricos del poder combinado de la sugestión, el placebo y los trastornos funcionales.
El espectáculo de la curación
Hay algo casi cinematográfico en las fotografías conservadas. Pacientes apoyados en muletas aparecen después presuntamente recuperados. Personas que llevaban años enfermas posan tras recibir el tratamiento. Algunos casos fueron presentados a la prensa mediante cuidadosas fotografías del antes y el después.

Para Giménez-Roldán, en varios de ellos puede advertirse incluso una clara intención propagandística. Pero el fenómeno funcionaba precisamente porque ocurría ante testigos Una persona entraba enferma, el médico introducía sus instrumentos en la nariz y, minutos después, aquella persona aseguraba no sentir dolor o podía levantarse.
En una época en la que muchas enfermedades tenían pocos tratamientos eficaces, semejantes escenas poseían una fuerza extraordinaria.
Y entonces Asuero llegó a la Argentina
Aquí la historia se vuelve todavía mejor. Fernando Asuero desembarcó en Buenos Aires el 24 de abril de 1930 convertido ya en una celebridad transatlántica. Los diarios venían siguiendo sus presuntas curaciones desde mucho antes de su llegada.
Fue recibido por multitudes y muy pronto comenzó a relacionarse con periodistas, dirigentes de asociaciones españolas y figuras políticas.
Al día siguiente de llegar, fue recibido por ministros del gobierno nacional en la Casa Rosada. El propio Asuero contó después que había encontrado enormes facilidades entre las autoridades argentinas y esperaba entrevistarse con el presidente Hipólito Yrigoyen.
Pero también aquí aparecieron rápidamente los problemas. El Departamento Nacional de Higiene advirtió que Asuero no estaba autorizado para ejercer su método en el país. A pesar de ello, comenzaron a circular noticias de pacientes tratados por él.
El 10 de junio, el caso terminó siendo llevado ante la Justicia por ejercicio irregular de la medicina. Asuero pasó así, en pocas semanas, de los salones del poder a los tribunales.
Y Santa Fe también cayó bajo el hechizo
Hay un detalle delicioso para nosotros: la historia de Asuero también pasó por la prensa santafesina.
Los medios seguían sus movimientos y ya en junio de 1929 advertían sobre la velocidad con la que médicos de diferentes lugares estaban copiando su procedimiento sin que existiera una comprobación rigurosa de sus resultados.
Al año siguiente El Orden publicó incluso una de esas historias que explican perfectamente cómo nació el mito.
El título era extraordinario: “Levántate y anda dijo Asuero a un enfermo”.
La nota relataba el caso del médico Atilio Larco, aquejado de gota y reumatismo poliarticular. Después de recibir el procedimiento de Asuero, según la crónica, se levantó y comenzó a caminar aparentemente sin dolor. Era exactamente el tipo de escena que alimentaba la leyenda.

¿Charlatán o médico convencido de su propio método?
Esa quizá sea la pregunta más interesante. Resulta tentador colocar a Fernando Asuero simplemente en la categoría de estafador. Pero la historia parece más compleja.
Era un médico auténtico, con formación especializada, y no existen razones suficientes para asegurar que fingiera conscientemente todos sus resultados. Defendió públicamente su teoría y publicó textos explicando su procedimiento.
Lo que faltaba era algo esencial: pruebas clínicas capaces de demostrar que el mecanismo que proponía fuera real y que las supuestas curaciones pudieran atribuirse al tratamiento.
Cuando años después se revisaron aquellos episodios con herramientas neurológicas modernas, muchas de las recuperaciones espectaculares encajaban mucho mejor con fenómenos funcionales y efectos de sugestión que con una acción terapéutica del trigémino sobre enfermedades completamente diferentes.
Eso explicaría además una de las paradojas del caso: los pacientes podían decir la verdad cuando aseguraban haberse sentido mejor sin que la teoría de Asuero fuera verdadera.
El hombre que convirtió un nervio en fenómeno de masas
La fiebre terminó desapareciendo. Fernando Asuero murió en San Sebastián en 1942 y su terapia quedó fuera de la medicina científica. Pero durante un breve momento consiguió algo extraordinario: convirtió el nervio trigémino en asunto de conversación popular.
Hubo películas, sátiras teatrales, caricaturas, periódicos dedicándole páginas enteras y médicos de distintos países que comenzaron a reproducir su procedimiento. La asueroterapia viajó por España, Francia, Italia y América Latina.
Y quizá por eso su historia sigue siendo tan interesante casi un siglo después, porque Fernando Asuero no pertenece únicamente a la historia de la medicina sino también a la historia de nuestra necesidad de creer en la cura extraordinaria.
Cuando la medicina todavía no puede ofrecer una respuesta, aparece alguien que asegura poseerla. Llegan los testimonios. Después, las fotografías. Luego, los titulares.
Y si delante de una multitud un hombre que no podía caminar se levanta de una silla… la explicación científica siempre tendrá que correr detrás del milagro.
