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Fernando Asuero y sus milagros obsesionaron también a Santa Fe en 1930

Llegó a Buenos Aires en abril de 1930 precedido por historias de curaciones casi milagrosas. Lo recibieron periodistas, funcionarios y admiradores; pocos días después, las autoridades sanitarias advertían que no estaba autorizado para ejercer. Mientras el escándalo crecía en la Capital, los diarios de Santa Fe seguían cada paso del controvertido médico vasco. Incluso antes de que pisara la Argentina, aquí ya se discutía su método.

El 24 de abril de 1930, Fernando Asuero desembarcó en Buenos Aires con algo más poderoso que cualquier carta de presentación: una leyenda.

Desde hacía meses, diarios españoles y latinoamericanos publicaban historias sorprendentes sobre aquel otorrinolaringólogo de San Sebastián que aseguraba obtener mejorías espectaculares estimulando determinados puntos del interior de la nariz.

A su procedimiento se lo conocía ya como asueroterapia.

Y Asuero no llegaba a la Argentina como un médico desconocido dispuesto a presentar una nueva técnica. Llegaba prácticamente como una celebridad. La noticia cruzó inmediatamente el país.

En Santa Fe, El Orden anunció al día siguiente la recepción del “célebre médico español Dr. Asuero”. Pero lo curioso es que para los lectores santafesinos aquel apellido no era nuevo, sino que Santa Fe venía hablando de Fernando Asuero desde casi un año antes.

Santa Fe ya desconfiaba de Asuero en 1929

El dato aparece en una investigación de la historiadora María Dolores Rivero dedicada específicamente a estudiar la figura de Asuero y su repercusión en el universo sanitario santafesino.

El 13 de junio de 1929, cuando todavía faltaban diez meses para que el médico llegara a la Argentina, El Orden publicó una nota de opinión titulada “El método del Dr. Asuero”.

El diario observaba con alarma la velocidad con la que el tratamiento comenzaba a difundirse.

El problema no era únicamente Asuero, sino también lo que estaba ocurriendo a su alrededor. Según señalaba el periódico santafesino, médicos de distintos lugares estaban empezando a imitar el procedimiento sin que hubiera mediado previamente un estudio detenido de los supuestos éxitos obtenidos.

Es decir: la polémica ya había llegado a Santa Fe antes que el propio Asuero. Y no sería una aparición pasajera.

Rivero encontró más de veinte noticias publicadas por la prensa santafesina entre junio de 1929 y julio de 1930 relacionadas con el médico y su terapia.

Para dimensionarlo: durante poco más de un año, un otorrinolaringólogo que trabajaba a miles de kilómetros de la ciudad se había convertido aquí en noticia recurrente.

Llegó a Buenos Aires en abril de 1930 precedido por historias de curaciones casi milagrosas. Lo recibieron periodistas, funcionarios y admiradores; pocos días después, las autoridades sanitarias advertían que no estaba autorizado para ejercer. Mientras el escándalo crecía en la Capital, los diarios de Santa Fe seguían cada paso del controvertido médico vasco. Incluso antes de que pisara la Argentina, aquí ya se discutía su método.

El 24 de abril de 1930, Fernando Asuero desembarcó en Buenos Aires con algo más poderoso que cualquier carta de presentación: una leyenda.

Desde hacía meses, diarios españoles y latinoamericanos publicaban historias sorprendentes sobre aquel otorrinolaringólogo de San Sebastián que aseguraba obtener mejorías espectaculares estimulando determinados puntos del interior de la nariz.

A su procedimiento se lo conocía ya como asueroterapia. Y Asuero no llegaba a la Argentina como un médico desconocido dispuesto a presentar una nueva técnica. Llegaba prácticamente como una celebridad.

La noticia cruzó inmediatamente el país.

En Santa Fe, El Orden anunció al día siguiente la recepción del “célebre médico español Dr. Asuero”. Pero lo curioso es que para los lectores santafesinos aquel apellido no era nuevo.

Santa Fe venía hablando de Fernando Asuero desde casi un año antes.

¿Qué tenía de especial aquel hombre?

Asuero no era un curandero sin estudios. Era médico diplomado, especializado en enfermedades de nariz, garganta y oído, y había desarrollado su carrera profesional en San Sebastián. Esa condición hacía mucho más difícil encasillarlo: pertenecía formalmente al mundo médico pero practicaba un procedimiento que una parte importante de ese mismo mundo consideraba insuficientemente fundamentado.

Su propuesta partía del nervio trigémino. Mediante estimulaciones y cauterizaciones realizadas en la mucosa nasal, Asuero afirmaba provocar reflejos capaces de generar modificaciones en otras partes del organismo.

Pero había además un componente llamativo que él mismo reconocía. No bastaba con aplicar correctamente la maniobra, sino que existía, según decía, un “factor personal”.

El estado psicológico del paciente, el ambiente de la consulta y hasta la personalidad de quien realizaba el tratamiento formaban parte del resultado. Asuero llegó a sostener que un mismo enfermo podía curarse o no dependiendo de quién efectuara la intervención y de las condiciones emocionales que rodearan el acto.

Visto casi un siglo después, el detalle resulta extraordinario, ya que el propio creador de la terapia estaba reconociendo que la expectativa, el escenario y la relación entre médico y paciente eran elementos centrales de sus curaciones.

Buenos Aires se rindió ante el fenómeno

Años atrás, hay que reconocer que su llegada a la Argentina provocó un despliegue considerable. Asuero fue entrevistado por periodistas, agasajado con almuerzos y cenas, invitado por organizaciones españolas y relacionado rápidamente con figuras de la política.

Durante sus primeros días en el país incluso tuvo acceso a ámbitos oficiales y fue recibido en la Casa Rosada.

La Argentina vivía los últimos meses del segundo gobierno de Hipólito Yrigoyen, que sería derrocado por el golpe del 6 de septiembre de ese mismo año.

En aquel escenario político ya convulsionado, Asuero consiguió convertirse además en un pequeño acontecimiento nacional. La investigación histórica sobre su viaje documenta contactos con funcionarios y la expectativa de una entrevista con el propio presidente.

La fotografía de época es reveladora: Asuero hablaba directamente con la prensa argentina y explicaba sus ideas al público, saltando de alguna manera el circuito tradicional de discusión académica.

Había entendido perfectamente algo muy moderno: si sus colegas no le daban legitimidad, podía buscarla entre los pacientes y en los diarios.

Y los diarios santafesinos estaban mirando

El 30 de abril de 1930, apenas seis días después de la llegada del médico, El Orden ya informaba sobre demostraciones de su procedimiento de curación en Buenos Aires.

Dos días después aparece otro dato particularmente interesante. La Hemeroteca Digital de la Provincia registra que la edición de El Litoral del 2 de mayo de 1930 incluía una nota catalogada bajo los términos “Medicina, Asuero, Dr., Montyn, Federico”. Es una señal clara de que el debate ya no era solamente una curiosidad porteña reproducida por los diarios: el asunto comenzaba a insertarse también dentro del ambiente médico local.

Santa Fe estaba siguiendo el caso prácticamente día por día. Y muy pronto apareció la primera gran grieta en el relato del médico prodigioso.

“Asuero no está autorizado”

Era un 10 de mayo, y el diario El Orden publicaba una noticia mucho menos espectacular que las historias de curaciones, pero muchísimo más problemática para el visitante.

El Departamento Nacional de Higiene informaba que Fernando Asuero no había sido autorizado para practicar curaciones en la Argentina.

Según la versión oficial reproducida por el periódico santafesino, precisamente por ese motivo el médico español no había atendido pacientes. Pero apenas tres días después comenzó a aparecer información que contradecía esa afirmación.

Las crónicas indicaron que Asuero había tratado en La Plata a Leopoldo Flores, funcionario vinculado a la Presidencia de la Nación que padecía artritis en una rodilla.

Y el 15 de mayo, los lectores de El Orden encontraron otra noticia: se hablaba de las “curaciones del Dr. Asuero en La Plata” y de la sorpresa producida por la rapidez de sus procedimientos.

La contradicción era evidente: por un lado, el organismo encargado del control sanitario aseguraba que el médico no estaba autorizado a ejercer su profesión, pero por el otro lado, los periódicos publicaban artículos sobre sus espectaculares curaciones.

El verdadero poder de Asuero: los testimonios

Para comprender por qué las advertencias oficiales no apagaron inmediatamente el entusiasmo hay que recordar cómo funcionaba la fama de Asuero.

No se construía principalmente mediante artículos científicos, sino mediante historias: un enfermo llegaba angustiado, Asuero introducía su instrumento en la nariz, aplicaba el famoso “toque” y el paciente automáticamente decía sentirse mejor.

Ese relato podía recorrer las noticias entero en cuestión de horas.

Asuero explotó conscientemente esos testimonios. En su libro Asueroterapia fisiológica. ¡Ahora hablo yo! incluyó historias clínicas, cartas de pacientes, relatos de familiares y artículos periodísticos con los que pretendía demostrar la eficacia de su sistema.

Uno de esos casos tenía además una conexión argentina particularmente potente.

Era el de Lucrecia Millé, una niña de Buenos Aires llevada a Europa por su padre después de padecer graves dificultades para mover sus extremidades.

Asuero sostuvo que se trataba de una paraplejia funcional y describió una recuperación progresiva tras varias intervenciones. El padre de la niña se convirtió luego en un entusiasta promotor del médico y hasta le escribió comentándole la enorme repercusión que el caso estaba obteniendo en los diarios rioplatenses.

La prensa no era, por lo tanto, solamente un observador del fenómeno, sino una pieza fundamental del fenómeno.

Santa Fe asistía a una batalla entre dos maneras de entender la autoridad médica

Eso es probablemente lo más interesante del caso visto desde nuestra ciudad. En las páginas de los diarios santafesinos no se estaba discutiendo solamente si Asuero curaba o no, sino algo mucho más profundo:

¿quién tenía derecho a decir qué era medicina?

De un lado estaban las instituciones sanitarias, las facultades y los médicos que exigían demostración, controles y reglas profesionales. Del otro aparecía un médico con título universitario que decía, esencialmente: miren a mis pacientes.

Y detrás estaban miles de personas para quienes un testimonio de curación podía resultar mucho más convincente que cualquier discusión académica.

Rivero ubica precisamente a Asuero dentro de una especie de “zona gris” del mercado terapéutico: no era un curandero exterior a la medicina, pero tampoco encajaba cómodamente dentro de las prácticas aceptadas por la corporación médica.

“Clínicas y curanderos”

Tal vez uno de los registros más sugestivos aparezca cuando Asuero ya estaba metido de lleno en la controversia.

El 31 de mayo de 1930, El Orden publicó una nota de opinión titulada: “Clínicas y curanderos”

La Hemeroteca provincial no ofrece en su ficha digital el texto completo de aquella columna, de modo que no corresponde atribuirle sin más una posición específica sobre Asuero. Pero su aparición en pleno auge de la polémica ilustra perfectamente el clima sanitario de aquellos días: la frontera entre medicina legítima, terapias heterodoxas y curanderismo era un asunto de discusión pública.

Y Asuero parecía haber aterrizado justo sobre esa frontera.

Hasta que el asunto llegó a los tribunales

Sin embargo, el asunto dejó de tratarse desde dos veredas y la tensión terminó estallando.

El 10 de junio de 1930, el caso fue llevado a la Justicia por presunto ejercicio ilegal de la medicina.

Tres días más tarde, El Orden informaba en Santa Fe acerca del “Proceso Judicial contra el Dr. Asuero”.

La historia había cambiado completamente de género para pasar de curaciones milagrosas a un fraude médico y un proceso judicial.

Asuero regresó a España a fines de junio sin haber explicado ante la Justicia argentina su procedimiento en los términos reclamados durante el proceso. El Orden informó el 30 de junio sobre su embarque rumbo a Europa.

Pero el problema legal continuó detrás suyo. El 12 de julio de 1930, el diario santafesino volvió a colocar su nombre entre las noticias nacionales. Esta vez el título era mucho menos glorioso:

“Prisión preventiva del Dr. Fernando Asuero por ejercicio ilegal de la Medicina”, rezaba el titular.

En menos de tres meses, el hombre que había llegado rodeado de admiradores había pasado simbólicamente de la Casa Rosada a un expediente judicial.

Y en Santa Fe quedó una huella curiosísima

Hay algo especialmente atractivo en revisar hoy la Hemeroteca de la Provincia, ya que Asuero aparece mezclado con la vida cotidiana de la Santa Fe de 1929 y 1930.

En las mismas páginas donde se discutían los caminos provinciales, la situación de la Universidad Nacional del Litoral, el Mercado de Abasto, los problemas agrícolas, las peleas políticas o los partidos de Unión y Gimnasia aparecía una y otra vez aquel médico vasco que aseguraba modificar enfermedades tocando el interior de la nariz.

El contraste permite entender mejor la magnitud del fenómeno. No quedó relegado a las páginas de curiosidades, sino que era una noticia que se tomaba en serio.

La investigación histórica encontró más de veinte referencias santafesinas en apenas trece meses. El Orden, El Litoral y otros periódicos locales fueron siguiendo su fama, sus demostraciones, las advertencias sanitarias y finalmente su conflicto judicial.

¿Vino realmente alguna vez a Santa Fe?

Acá aparece una distinción importante.

Las fuentes que pude verificar muestran con mucha claridad la enorme repercusión de Asuero en la prensa santafesina, pero no existe evidencia sólida que permita afirmar que Fernando Asuero haya venido personalmente a la ciudad de Santa Fe a atender pacientes.

Sí recibió invitaciones para viajar a distintas provincias y su caso circuló intensamente por el interior argentino. Pero, con la documentación consultada, sería arriesgado convertir una fuerte presencia periodística en una visita física que no está confirmada.

Y de algún modo eso vuelve la historia todavía más interesante, ya que Asuero consiguió convertirse en un personaje de Santa Fe sin necesidad siquiera de estar aquí.

El médico que entendió el siglo XX antes que muchos

Hay algo sorprendentemente contemporáneo en toda esta historia, y es que Asuero tenía título, una teoría y pacientes que lo avalaban, tenía adversarios dentro de la medicina y sobre todo, tenía algo extremadamente poderoso: una narrativa.

Frente a médicos que reclamaban estudios sistemáticos, él podía mostrar a una persona que decía haberse levantado de una silla de ruedas, a las críticas académicas, podía publicar cartas de agradecimiento.

Frente a instituciones que cuestionaban su procedimiento, podía hablar directamente con miles de lectores.

No es tan diferente de lo que ocurre hoy cuando un supuesto tratamiento médico se vuelve viral antes de que la ciencia termine de estudiarlo, sólo cambian los medios.

En 1930 eran El Orden, El Litoral, Crítica o La Razón. Hoy son las redes sociales.

Lo cierto es que para bien o para mal, Fernando Asuero de algún modo se convirtió en una leyenda. No simplemente como el hombre que creía poder curar enfermedades estimulando el trigémino, sino como uno de los primeros grandes fenómenos médicos de masas que siguió la prensa argentina moderna.

Y Santa Fe estuvo mirando desde el principio.