¿Qué es el ataque de pánico y cómo tratarlo?

Los ataques de pánico son períodos en los que el individuo sufre de una manera súbita un intenso miedo o temor con una duración variable: de minutos a horas. Generalmente aparecen de repente y pueden alcanzar su máxima intensidad en unos 10 minutos. No obstante, pueden continuar durante más tiempo si el paciente ha tenido el ataque desencadenado por una situación de la que no es o no se siente capaz de escapar.

Los ataques de pánico pueden ocurrir en cualquier momento o lugar sin previo aviso. La aparición de estos episodios de miedo intenso es generalmente abrupta y suele no tener un claro desencadenante.

No suelen durar mucho pero son tan intensos que la persona afectada los percibe como muy prolongados y está segura de que está en peligro de muerte inminente.

Experimentar un ataque de pánico es una terrible, incómoda e intensa experiencia que suele relacionarse con que la persona restrinja su conducta, lo que puede conducir, en casos, a adoptar conductas limitativas para evitar la repetición de las crisis. El trastorno puede desembocar en agorafobia, por miedo a presentar nuevas crisis si se presenta una fuerte conducta evitativa en el afectado.

La edad de inicio de este tipo de trastorno es entre 18 y 25 años, al parecer se desencadena tanto por factores externos -como afrontar una situación que produzca intranquilidad al sujeto- como por los significados que da, en su vida emocional, la persona que experimenta esas circunstancias externas.

Síntomas:
Según los Institutos Nacionales de Salud Mental de los Estados Unidos, los ataques de pánico son sensaciones repentinas de terror sin motivo aparente que aparecen dentro del denominado trastorno de pánico. En estos ataques pueden presentarse síntomas físicos, tales como:

  • taquicardia
  • dolor en el pecho
  • dificultad para respirar
  • mareos
  • palpitaciones, sacudidas del corazón o elevación de la frecuencia cardíaca
  • sudoración
  • temblores o sacudidas
  • sensación de ahogo o falta de aliento
  • opresión o malestar torácico
  • náuseas o molestias abdominales
  • inestabilidad, mareo o desmayo
  • desrealización (sensación de irrealidad) o despersonalización (estar separado de uno mismo)
  • miedo a perder el control o a perder la razón
  • miedo a morir
  • parestesias (sensación de entumecimiento u hormigueo) y
  • escalofríos o sofocaciones

Controlar el pánico requiere tiempo y paciencia para redefinir las actitudes frente al miedo extremo para enfrentarse al suceso que lo provoca y no evitarlo. Lo fundamental es consultar con un especialista.

Una de las estrategias que mejor ha funcionado consiste en la aplicación de estas reglas para afrontar una crisis de pánico:

  • Recordá que lo que sentís no es más que la exageración de las reacciones normales al estrés.
  • No es ni dañino ni peligroso, solo desagradable. Nada peor puede pasar.
  • No añadas pensamientos alarmantes sobre lo que está pasando y lo que podría ocurrir.
  • Fijate en lo que le está pasando a tu cuerpo ahora, no en lo que temés, en tu mente, que podría llegar a ocurrir después.
  • Esperá y dejá que pase el temor. No luches contra él. Aceptalo.
  • Cuando dejás de pensar cosas alarmantes, el temor se extingue por sí solo.
  • Recordá que lo principal es aprender a afrontar el miedo, no a evitarlo. Es una gran oportunidad para progresar.
  • Cuando empieces a sentirte mejor, mirá alrededor y pensá lo que podés planear para hacer después.
  • Cuando estés listo para continuar, comenzá despacio, en un estado de relajación. No necesitás correr ni esforzarte.

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