Nostradamus, la historia del genio de las profecías

Corría el año 1503 cuando nació en Francia el astrólogo y médico Nostradamus, un clarividente para algunos, un agorero para otros. Su principal obra se publicó en 1955 con el título Las profecías y sus palabras han dado pie a innumerables interpretaciones sobre el devenir del mundo y la humanidad. ¿Por qué se hizo tan famosa su obra? ¿Qué tenía de especial para que la gente le creyera?

En 1555 salió a la luz en Lyon un libro titulado Las profecías del señor Michel Nostradamus. La obra estaba compuesta de 353 cuartetas, poemas de cuatro versos escritos con términos enigmáticos que pretendían anunciar los sucesos del futuro próximo en Francia y en toda Europa. El éxito de las Profecías fue espectacular y dio a su autor, un médico provenzal conocido ya por sus almanaques, una fama a escala europea. Sobre todo después de que en 1559 se produjera un acontecimiento trágico que Nostradamus supuestamente había pronosticado en 1555: la muerte del rey Enrique II en el curso de un torneo. En los años siguientes, Nostradamus publicaría sucesivas ediciones de sus Profecías, ampliadas cada vez con nuevas cuartetas, de manera que la última edición contaba con 942 agrupadas en un total de diez centurias -de ahí que la obra se conozca también con este nombre-.

Nostradamus decía que sus obras eran «libros de profecías que he querido pulir un poco oscuramente». Él mismo reconocía, pues, que había dado deliberadamente un aire oscuro y enigmático a sus pronósticos, hasta convertirlos en «abstrusas y perplejas sentencias». Lo justificaba como una manera de impedir que el «vulgo» pudiera acceder sin dificultades a las verdades celestes que él había recibido por una inspiración especial. No cabe duda, sin embargo, de que de esta manera permitía que sus pronósticos pudieran interpretarse de distintas maneras y así se aplicaran a los diversos acontecimientos del futuro. De ahí que muy rara vez precise la fecha en la que la profecía debía cumplirse. El aire enigmático de las cuartetas se lograba mediante varios procedimientos lingüísticos: uso de latinismos en vez de las palabras habituales; elipsis o supresión de verbos o artículos; sintaxis enrevesada… Hasta los errores de impresión, habituales de una edición a otra, añadían un plus de misterio.

EL ADIVINO POR ANTONOMASIA

Tras su muerte en 1566, y hasta hoy día, a Nostradamus se le ha recordado siempre como astrónomo y adivino por antonomasia y sus obras han atraído a una legión de lectores en busca de supuestas predicciones de sucesos históricos ocurridos siglos más tarde; por lo general, un ejercicio de charlatanería desbocada que ha dado lugar a manipulaciones, tanto políticas como mercantiles.

Lo cierto es que, gracias al estilo enigmático utilizado por Nostradamus en sus Centurias éstas pudieron aplicarse a episodios dramáticos ocurridos decenios o hasta siglos más tarde. Una profecía para cada gran crisis de la historia. Veamos algunos ejemplos.

1610. EL ASESINATO DE ENRIQUE IV DE FRANCIA

Mientras iba en carroza por una calle de París, Enrique IV fue atacado por un fanático que le reprochaba las concesiones realizadas a la minoría protestante; el rey murió a las pocas horas a causa de las heridas de puñal. En las semanas anteriores al magnicidio circuló por París una cuarteta falsamente atribuida a Nostradamus y a la que nadie hizo demasiado caso; después del atentado, en cambio, algunos la interpretaron como una profecía.

La cuarteta decía así: «Cinco décadas y siete no frenarán la carrera / del gran león céltico, cuando un joven león / con su leona, recurriendo a la Osa, / furtivo, de su rival cortará el huso».

1792. LA ABOLICIÓN DE LA MONARQUÍA FRANCESA

La Revolución francesa iniciada en 1789 dio lugar a muchas asociaciones con las cuartetas de Nostradamus. Éste se había referido, en un prólogo de las Centurias, a una «renovación de siglo» que tendría lugar en 1792, justo el año en que se abolió la monarquía y se proclamó la república. Otra cuarteta aludía a «el monje negro en gris dentro de Varennes», verso que se interpretó como alusión a la huida de Luis XVI en 1791 y su detención en la misma población.

1804. LA CORONACIÓN DE NAPOLEÓN BONAPARTE

El fulgurante ascenso de Napoleón, hasta su coronación imperial en 1804, incitó a muchos a buscar supuestas anticipaciones en las Centurias de Nostradamus. En 1806, un médico de Montpellier publicó un opúsculo de título elocuente: Napoleón I, emperador de los franceses, predicho por Nostradamus. Una de las cuartetas que más fácilmente podían relacionarse con Napoleón era la que aludía a «un emperador que nacerá cerca de Italia /que será vendido muy caro al imperio. / Dirán con cuántas gentes se alía / que les parecerá menos príncipe que carnicero».

Nostradamus
El astrólogo y médico francés Nostradamus (1503-1566). C. GIOVANNETTI / EFFIGIE / GTRES

Para comprender quién fue realmente Nostradamus y el sentido de sus profecías hay que situarse en el momento histórico que en vivió. El siglo XVI fue una época recorrida por toda suerte de crisis y tensiones que los contemporáneos vivieron con auténtica angustia, y es a la luz de este clima de conmoción y temores colectivos como hay que entender las Profecías y los Pronósticos de Nostradamus. Por ejemplo, el Nuevo pronóstico para el año 1558 detallaba la visión de la «resplandeciente y eterna espada de Dios» que golpearía por la peste y el hambre, por mutaciones de reinos y guerras. En los albores de 1558, una epidemia proveniente de África sería «tan horrible y lamentable» que «la mayor parte del mundo acabará por menguar», e incluso serían pocos los pájaros que burlarían a la muerte. Un movimiento casi perpetuo traería terremotos, enfermedades, mares teñidos de sangre, muerte, ruina, tierra seca, ventiscas, actos crueles, rupturas de lealtades, discordias y venenos mortíferos. Nostradamus aseguraba también que se produciría una rebelión popular contra una reina.

En 1560, Catalina de Médicis, viuda de Enrique II y madre de tres hijos que serían reyes sucesivamente – Francisco II, Carlos IX y Enrique III-, recibió a Nostradamus en el castillo de Blois. Aprovechó la ocasión para pedirle el horóscopo de uno de sus hijos, el futuro Enrique III; del que Nostradamus aseguró que llegaría a ser rey, para alegría de la soberana. Cinco años después, Catalina, en una gira que hizo por el país con la corte, quiso visitar a Nostradamus en su ciudad de residencia, Salon-de-Provence. Mantuvieron una larga entrevista, aunque la predicción con que Nostradamus obsequió a la reina -que un ministro protestante, Coligny, moriría antes que el rey Carlos IX- no resultó muy impresionante, pues Coligny tenía casi 50 años y el monarca apenas 15. Coligny, en todo caso, sería asesinado por sus enemigos católicos durante la noche de San Bartolomé, en 1572.

Los males que pronosticaba Nostradamus preparaban al lector para lo peor: «Nuestros problemas no terminan aquí y todavía no hemos tocado fondo…». Las desgracias, en los presagios de Nostradamus, parecían no tener límite. Del cielo vendrían el fuego, lluvias de sangre, rayos que entraría en el templo «cerrado»… La llegada de un extraño pájaro iría acompañada de una terrible hambruna, tan grande «que el hombre será antropófago». Del cielo también se abatirían lluvias de sangre y de leche, tempestades que traerían consigo ruina y destrucción, saltamontes que invadirían cultivos y mares y devorarían todo a su paso; en la tierra, una hambruna se añadiría a otra, las crecidas de los ríos inundarían campos y ciudades. Ningún lugar de la tierra escaparía, desde Babilonia hasta África, ni siquiera «Americh» (como llamaba al continente americano), aunque Europa, sobre todo Francia e Italia, sería la más castigada.

La naturaleza, en los pronósticos de Nostradamus, era fuent de toda suerte de monstruos y maravillas. Mencionaba, por ejemplo, a un monstruo con dos cabezas y tres brazos, el cual sería el encargado de anunciar que una «gran urbe» -Roma, quizá- pronto sería aniquilada por las aguas. Un arcoíris aparecería de noche en el cielo de Nantes, señal de fuertes lluvias. También se vería en junio un cometa en el norte, cerca de la constelación de Cáncer, y fallecería un célebre romano, sin duda el papa.

EL OBJETIVO DE NOSTRADAMUS

Cabe preguntarse qué pretendía Nostradamus al acumular presagios tan espantosos. Sin duda, no hay que interpretarlos como profecías de hechos concretos que debían producirse en un futuro más o menos inmediato. El astrólogo provenzal, más que anunciar desgracias concretas que luego pudiera verificarse si habían tenido lugar, pretendía asustar a sus lectores, arrastrarlos a lo más profundo de un mundo imaginario terrorífico, un mundo todavía más angustioso que la realidad. De ahí su tendencia a exagerar los desastres futuros y presentarlos de forma hiperbólica.

La fuente de todas estas desgracias se encontraba, para empezar, en el mal que habita en el hombre, esa capacidad que tiene el ser humano de ser un lobo para su prójimo. Participando de la visión pesimista de la naturaleza humana propia de la tradición agustiniana, iniciada por Agustín de Hipona en el siglo IV d.C., Nostradamus ponía constantemente ejemplos de cómo un hijos se vuelve contra su padre, el padre manda asesinar al hijo, el sobrino ejecuta al tío… Fratricidios, parricidios, matricidios e infanticidios pautan el futuro de forma inexorable.

ENIGMAS ATERRADORES

Nostradamus hablaba, pues, como un profeta de la Biblia que anunciaba las mayores calamidades que afligirían al pueblo de Dios, a fin de intentar devolverlo a la fidelidad. Su propósito era asustar mediante enigmas aterradores, tan aterradores que a menudo no podían descifrarse. De este modo esperaba que sus lectores recapacitasen sobre su propia conducta y no se dejaran arrastrar por la espiral de violencia del mundo real en el que vivían.

Sus profecías proponían mostrar los peligros que aguardaban a la humanidad y que podían hacer olvidar para siempre el mensaje de amor y paz de Cristo. El terror por las catástrofes del futuro próximo podía servir de advertencia a todos los cristianos para que no se enfrentaran por sus diferencias confesionales y para que comprendieran que debían guardar las distancias con todos aquellos que pretenden conocer toda la verdad sobre la fe, aquellos dispuestos a desgarrarse, a perseguir y a matar al prójimo en nombre de su propia idea de Dios.

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