El colegio donde no se tira ni un gramo de comida a la basura

Los alumnos adolescentes del colegio español Antonio Calvín de Almagro (Ciudad Real) van a poner una heladera en una plaza cercana al instituto para que los vecinos la llenen con las sobras de la comida y puedan aprovecharlas quienes lo necesiten.

También quieren recoger en los supermercados los alimentos que están a punto de caducar y repartirlos entre las familias que no llegan a fin de mes. Este centro educativo público ha iniciado una campaña contra el despilfarro de comida que ha puesto a Kevin, Julián y José Alejandro, alumnos de 16 y 17 años de FP Básica, a elaborar un business plan: han montado una empresa de reparto solidario de comida y la han llamado Ayudantes Alimentarios; los respaldan el Ayuntamiento, la Cruz Roja, la Iglesia y el Banco de Alimentos y en unos meses comenzarán a funcionar en serio. Todo el instituto trabaja para ponerle freno al consumo excesivo y concienciar sobre las razones éticas, económicas y ambientales de aprovechar bien todo lo que se compra. En el Antonio Calvín, un centro bilingüe con 490 alumnos y 53 profesores, la comida ya no se tira. Antes los estudiantes se dejaban muchas veces a la mitad el bocadillo del recreo, pero ahora se lo comen entero o se lo guardan para la cena.

La lucha contra el derroche de alimentos está presente de forma transversal en varias asignaturas de casi todos los cursos, desde 1º de la ESO hasta 2º de Bachillerato, pasando por la FPBásica. En Lengua, por ejemplo, los críos han debatido en público y han escrito artículos de opinión sobre los hábitos alimentarios de nuestro tiempo; en Ciencias de la Tierra y Medio Ambiente, han cuantificado el impacto ambiental de tanto gasto y han visitado un centro de gestión de residuos. En Imagen y Sonido, han ejercido como community managers del proyecto Síndrome de Abundancia, que han publicitado en redes sociales con gifs, memes, infografías y vídeos realizados por ellos mismos. Los más pequeños han construido murales con cartón reciclado y los han pasado después a 3D en el ordenador; los mayores han creado la empresa de reparto de comida.La idea surgió de la profesora de Plástica, Inmaculada Contreras, que hace tres cursos comenzó a escribir un blog con sus alumnos en el que iban colgando información sobre el consumo descontrolado: que si los españoles tiran a la basura 3,7 millones de kilos de comida cada día;que si España es el séptimo país de la UE que más desperdicia; que si sólo el 18% de los hogares come todos los alimentos que compra…

«Estos críos gastaban de manera brutal. Los padres les ponían unas meriendas demasiado grandes y muchas veces las tiraban a la basura sin comerlas enteras.Se compraban bolsas de chucherías todos los días y no valoraban lo que tenían, porque viven en una cultura en la que dan al botón y todo funciona y buscan en todo esa inmediatez», explica Contreras, la docente que ha convertido un modesto proyecto de un aula en todo un modelo de trabajo colaborativo. El método les ayuda a desarrollar el pensamiento crítico, porque busca «transmitir a los alumnos y a las familias una forma diferente de mirar el entorno», y también a fomentar la investigación y la experimentación mediante el uso de las TIC y el mobile learning; a trabajar la empatía, la creatividad, los valores y, por supuesto, la conciencia ambiental, la economía circular y el emprendimiento. A través del hilo conductor del blog Síndrome de Abundancia, los críos han ido a una residencia de ancianos a hablar con los abuelos sobre cómo consumían ellos cuando eran jóvenes; han inundado el municipio de pegatinas con el lema Reaprovéchalo; han contactado con organizaciones como Yo No Desperdicio o We Save Eat, y han mantenido conferencias con La cuina a Sils, un colectivo que prepara recetas culinarias con las sobras. «El proyecto tiene un gran impacto en el centro y también en la localidad», recalca el director del instituto, Miguel Cecilio Gómez, que es de los que apuestan por «abrir las asignaturas» a la sociedad para que «no sean compartimentos estancos».

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