Golden Record: el mensaje que la humanidad lanzó al espacio para contar quiénes somos
Corría el año 1977 cuando dos pequeñas naves abandonaron la Tierra llevando un objeto extraordinario: un disco de oro con sonidos, imágenes, música y saludos destinados a alguien que quizá nunca exista. Es, probablemente, la botella al mar más ambiciosa de la historia.
En algún lugar del espacio interestelar viajan dos discos de oro.
No tienen Spotify, no necesitan electricidad para conservar la información y probablemente nadie los escuche jamás. Pero llevan grabados el sonido de un corazón humano, el llanto de un bebé, el canto de los pájaros, las olas del mar, saludos en decenas de idiomas y músicas procedentes de distintas culturas del planeta.
Son los Voyager Golden Records, los discos que la NASA colocó en las sondas Voyager 1 y Voyager 2 antes de lanzarlas al espacio en 1977.
Su misión era tan improbable como hermosa: contarle a quien pudiera encontrarlos quiénes fuimos.
Una botella arrojada al océano cósmico
Las Voyager fueron diseñadas principalmente para explorar los planetas exteriores del Sistema Solar. Voyager 1 visitó Júpiter y Saturno; Voyager 2 hizo además encuentros con Urano y Neptuno.
Pero los científicos sabían algo más: una vez terminada su misión planetaria, las sondas continuarían viajando.
Y viajando.
Y viajando.
No tenían un destino final. Su trayectoria acabaría llevándolas fuera de la región dominada por el viento solar y hacia el espacio interestelar, donde podrían continuar durante millones —incluso miles de millones— de años.
Entonces surgió una idea extraordinaria.
¿Qué pasaría si algún día alguien las encontrara?
Carl Sagan y una carta dirigida a lo desconocido
La NASA encargó a un pequeño equipo dirigido por el astrónomo y divulgador Carl Sagan la creación de un mensaje que pudiera viajar a bordo de ambas naves.
No era la primera vez que se intentaba algo parecido. Las sondas Pioneer 10 y 11 ya llevaban unas placas con dibujos de un hombre y una mujer y un esquema que permitía localizar aproximadamente nuestro Sistema Solar.
Pero con las Voyager se quiso ir mucho más lejos.
Sagan y su equipo —del que formaron parte, entre otros, Frank Drake, Ann Druyan, Timothy Ferris, Jon Lomberg y Linda Salzman Sagan— tuvieron que enfrentarse a una pregunta casi imposible:
Si sólo pudiéramos enviar una pequeña muestra de la Tierra al universo, ¿qué elegiríamos?
El resultado fue un disco fonográfico de cobre recubierto de oro de unos 30 centímetros de diámetro.
Una especie de cápsula del tiempo de la humanidad.
¿Qué contiene el Golden Record?
El disco contiene 115 imágenes codificadas en formato analógico. Allí aparecen representaciones de anatomía humana, paisajes, animales, plantas, ciudades, actividades cotidianas, estructuras matemáticas y diferentes aspectos de la vida terrestre.
Pero también hay sonidos.
El viento.
Las olas.
Los truenos.
Pájaros.
Ballenas.
Pasos.
Un tren.
Herramientas.
El latido de un corazón.
Y el beso de una madre a su hijo.
La idea no era solamente explicar científicamente qué era la Tierra. Había algo más difícil de transmitir: cómo sonaba estar vivos aquí.

Un planeta diciendo “hola”
El disco incluye saludos hablados en 55 idiomas.
Hay mensajes en lenguas modernas y antiguas, desde inglés, español y mandarín hasta acadio y sumerio.
El saludo en español dice:
“Hola y saludos a todos.”
También se incluyeron mensajes oficiales del entonces presidente estadounidense Jimmy Carter y del secretario general de Naciones Unidas, Kurt Waldheim.
Carter escribió una frase que resume perfectamente el espíritu del proyecto: aquel disco representaba nuestra esperanza y nuestra determinación de sobrevivir para poder unirnos algún día a una comunidad de civilizaciones galácticas.
Pero quizá la parte más conmovedora del Golden Record no esté en las palabras.
Está en la música.
Noventa minutos para explicar qué significa hacer música
El equipo seleccionó alrededor de 90 minutos de música procedente de distintas culturas y épocas.
Hay Bach, Beethoven, Mozart y Stravinsky.
Pero también música tradicional de Java, Japón, India, Perú, Senegal, China, Bulgaria, Australia y otros lugares del planeta.
Y hay rock and roll.
Entre las canciones elegidas está Johnny B. Goode, de Chuck Berry.
La inclusión generó alguna resistencia. ¿Rock and roll para representar a la humanidad ante una posible civilización extraterrestre?
Carl Sagan defendió la decisión.
Décadas después, cuando Chuck Berry cumplió 60 años, Sagan y Ann Druyan le enviaron una carta recordándole que su música estaría viva durante miles de millones de años.
Pocas canciones pueden presumir de semejante perspectiva de futuro.
El corazón de Ann Druyan
Pero detrás del disco existe una historia todavía más extraordinaria.
Ann Druyan, una de las integrantes del equipo y futura esposa de Carl Sagan, propuso registrar algo que nunca antes se había enviado al espacio: la actividad eléctrica de un cerebro humano.
Durante aproximadamente una hora, Druyan permaneció conectada a un electroencefalógrafo mientras pensaba deliberadamente en diferentes cosas: acontecimientos históricos, ideas, personas y experiencias humanas.
También pensó en Carl Sagan. Poco antes, ambos habían descubierto que estaban enamorados.
Así que entre los datos enviados al espacio quedó registrada, de alguna manera, la actividad cerebral de una mujer enamorada.
Es imposible que un hipotético extraterrestre pueda reconstruir esos pensamientos simplemente escuchando el registro. Pero eso casi no importa.
La intención es extraordinaria por sí misma.
En algún lugar de la galaxia viaja desde 1977 una pequeña huella física de lo que ocurría en el cerebro de un ser humano mientras pensaba en el amor.
¿Cómo sabría un extraterrestre reproducirlo?
El equipo también tuvo que resolver un problema bastante obvio.
No podían asumir que quien encontrara el disco supiera qué era un tocadiscos.
Por eso la cubierta del Golden Record lleva grabadas una serie de instrucciones mediante diagramas científicos.
Se indica cómo reproducir el disco, cuál es su velocidad correcta y cómo reconstruir las imágenes almacenadas.
También aparece un mapa basado en 14 púlsares, estrellas de neutrones que emiten señales extremadamente regulares. Sus frecuencias permiten establecer una especie de dirección cósmica hacia nuestro Sistema Solar.
Es, en cierto sentido, nuestro domicilio escrito en lenguaje astronómico.
¿Alguien llegará a encontrarlo?
Probablemente no. Y ésa es quizá la parte más fascinante de toda la historia.
Las Voyager son objetos diminutos viajando por distancias inimaginables. La posibilidad de que alguna civilización extraterrestre encuentre casualmente una de ellas es extraordinariamente pequeña.
El propio equipo era perfectamente consciente de eso.
El Golden Record nunca fue realmente un intento práctico de comunicación interestelar. Era algo mucho más extraño, se trata de un autorretrato.
Para decidir qué contarle al universo, la humanidad tuvo que preguntarse primero qué quería contar sobre sí misma. Y las elecciones son reveladoras, ya que no enviamos guerras, ni discursos políticos. Enviamos niños, animales, risas, matemáticas, recetas de cocina, paisajes, el sonido de la lluvia y todo el resto de cosas que hacen que esta vida sea tan hermosa.
El objeto humano que podría sobrevivirnos
Voyager 1 y Voyager 2 continúan su viaje por el espacio interestelar. Sus generadores producen cada vez menos energía y llegará un momento en que sus instrumentos dejarán definitivamente de funcionar.
Entonces quedarán en silencio. Pero seguirán moviéndose.
No hay atmósfera que las oxide ni lluvia que desgaste sus superficies. Si no chocan con nada —algo extremadamente improbable dada la inmensidad del espacio— podrían conservarse durante períodos de tiempo difíciles incluso de imaginar.
Mucho después de que hayan desaparecido las últimas señales de radio de la Tierra, esos discos podrían continuar allí.
Dos pequeñas cápsulas atravesando la oscuridad.
Quizá nadie las encuentre jamás.
Pero hay algo profundamente humano en haberlas enviado de todas maneras.
Porque el Golden Record no dice solamente:
“Estamos aquí.”
Dice algo mucho más íntimo:
“Esto es lo que vimos. Esto es lo que escuchamos. Esto es lo que amamos. Así sonaba nuestro mundo.”
Y después de decirlo, lanzamos el mensaje hacia las estrellas.
