¿Por qué a los más privilegiados se les perdona la incompetencia?

En la cuarta temporada de la serie Parks and Recreation, Paul Rudd interpreta a un adinerado empresario llamado Bobby Newport que contiende para el concejo municipal porque está buscando algo fácil que hacer. Durante un debate, se le pregunta cómo arreglaría el pueblo; a lo que responde: “No tengo idea”. A pesar de la respuesta, el público enloquece, ante la frustración de su rival, Leslie Knope.

Es gracioso porque nos identificamos con la situación. Tarde o temprano todos nos encontramos con un Bobby Newport. ¿Por qué ser de buena cuna parece hacer que la gente se sienta calificada para tareas para las que tiene poca experiencia? Esta es una de las preguntas que inspiraron un estudio publicado el 20 de mayo en The Journal of Personality and Social Psychology.

Los investigadores sugieren que parte de la respuesta se debe a lo que ellos llamaron “exceso de confianza”. En varios experimentos, descubrieron que era más probable que las personas que provenían de una clase social más elevada pensaran que tenían mayores capacidades, aun cuando las pruebas comprobaran que pertenecían al promedio. Los investigadores descubrieron que quienes no conocían a esas personas interpretaban ese exceso de confianza inmerecido como capacidad.

Los hallazgos recalcaron otra forma en la que la riqueza familiar y la educación de los padres —dos de los muchos factores usados para evaluar la clase social en el estudio— afectan la experiencia de una persona en sus relaciones con los demás.

“Con esta investigación, ahora tenemos motivos para pensar que provenir de una clase social más alta confiere otra ventaja más”, dijo Jessica A. Kennedy, profesora de Administración de la Universidad Vanderbilt, quien no participó en el estudio.

Estudiar las clases sociales tiene sus bemoles. Primero, está la cuestión de las definiciones. “La mayoría de la gente dice pertenecer a la clase media”, comentó Peter Belmi, catedrático de la Escuela de Negocios Darden de la Universidad de Virginia y principal autor del estudio. ¿Pero cómo puede ser posible?

Ni los investigadores que se especializan en las clases sociales concuerdan fácilmente en el peso que hay que darles al ingreso, la riqueza familiar, el prestigio profesional y otros factores.

El estudio estuvo compuesto por cuatro experimentos. La clase se definió de maneras distintas en cada ocasión.

En el primer experimento, participaron alrededor de 150.000 propietarios de pequeñas empresas en México que solicitaron un préstamo. Además de indicar su ingreso y nivel educativo, se les pidió que seleccionaran la posición dentro de un escalafón, que representara su lugar en comparación con otras personas en México.

Como parte del proceso del préstamo, tomaron una prueba de memoria (la tarea en la vida real estaba diseñada para tratar de predecir si una persona podría incumplir los pagos de un préstamo). Para efectos del estudio, también se les pidió a los participantes que calcularan qué tan bien pensaban que era su situación en comparación con los demás. A las personas de clase más alta por lo general les fue mejor que a los demás, pero no al grado que ellos asumieron, según descubrieron los investigadores.

La disparidad entre el desempeño calculado de la gente de la clase alta y su desempeño real fue más drástica en un estudio posterior en el que participaron 230 estudiantes de la Universidad de Virginia.

En esta ocasión, la clase social se midió mediante una evaluación de los estudiantes de cómo se veían en relación con otros en Estados Unidos, el ingreso y el nivel educativo de sus padres. Los investigadores descubrieron que los estudiantes de las clases sociales más elevadas no obtuvieron mejores resultados que sus compañeros en un ejercicio de cultura general. Sin embargo, nuevamente, la mayoría estaba segura de que le había ido mejor.

En un intento por entender las implicaciones del exceso de confianza, los investigadores llevaron a cabo una entrevista de trabajo falsa. A todos los estudiantes se les hizo la misma pregunta y se les grabó contestándola. Después, un grupo de personas que no los conocían vieron los videos y calificaron a los candidatos. El comité de selección por lo general optó por las mismas personas que habían sobrestimado sus capacidades en el ejercicio de cultura general. El exceso de confianza se interpretó como aptitud.

Carey no estaba convencida de qué tanto demostraba el experimento de la entrevista de trabajo falsa sobre la vida real. Además, le preocupaban los hallazgos del primero sobre los cuatro experimentos que en su opinión dependían demasiado del sentido propio de pertenencia a una clase social de los participantes.

“Sin embargo, lo que sí demuestran de manera consistente es que la clase social está vinculada al exceso de confianza”, afirmó. Otros estudios también han demostrado que a la gente que confía en exceso en sus capacidades se le percibe como más competente. Carey sugirió que podría ser que “en el contexto de una clase más baja, el costo es mayor si te equivocas cuando cometes un error”.

Además, no todos los grupos de clase valoran que “finjas algo hasta que te salga” explicó Belmi. “Crecí en Filipinas con la idea de que si no tenías nada que decir, mejor te quedaras callado y escucharas”.

Los investigadores dicen que esperaban que la conclusión no fuera que había que esforzarse en ser arrogante. Las guerras, las caídas de los mercados bursátiles y muchas otras crisis pueden atribuirse al exceso de confianza, afirmaron. Entonces, ¿cómo pueden evitar gerentes, empleados, electores y consumidores sobrevalorar la clase social y ser embaucados por gente rica e incompetente? Kennedy mencionó que se sentía motivada al descubrir que si le muestras a la gente hechos verdaderos sobre una persona, el estatus elevado derivado de la arrogancia suele desvanecerse.

“Tal vez también necesitemos castigar el comportamiento arrogante más de lo que lo hacemos ahora”, concluyó.

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