¿Llegó el fin de la firma?

Ha habido llamados para desfasar las rúbricas de la industria bancaria. ¿Pero es realmente el momento de dejar atrás nuestros autógrafos personales?

¿Lleva su firma una voluptuosa “y” o “g”? ¿O un punto en forma de corazón sobre la “i”? ¿Es pequeña y ordenada o vasta y extensa? Podría haber pasado años perfeccionando cada contorno. O quizás sea un garabato hecho con desgano para salir del paso.

Como sea, usted tiene una firma. Está en su pasaporte, sus tarjetas de débito y su licencia de conducir, tan importante como su fecha de nacimiento o su número de documento de identidad. Tal vez ya no sea para siempre.

La firma está en retirada. Los pagos sin contacto y la biometría la hacen teóricamente superflua y los expertos dicen que son más seguros y difíciles de falsificar.

Ahora que las tarjertas de garantía de cheques son cosa del pasado, rara vez la cajera del supermercado revisa superficialmente el reverso de su tarjeta Visa o American Express. Excepto en Estados Unidos, por supuesto.

Los representantes menos sentimentales de la industria financiera dicen que ya es tiempo de acabar con esta costumbre.

En el mundo digital, muchísimos jóvenes apenas usan la escritura cursiva, mucho menos la firma, argumenta Brett King, jefe ejecutivo de Moven, la cuenta de débito basada en aplicaciones para teléfonos celulares. Hay maneras mucho más seguras de evitar el fraude. Por tanto, es tiempo de avanzar, cree.

“La rúbrica es un artefacto que ya no necesitamos”, afirma King. “Es un vestigio de otra era. Creo que habrá una evolución natural cuando la firma sufra una muerte lenta”. Aún así, hay algo profundamente satisfactorio al hacerlo.


Desplazada por la tecnología

EE.UU. es uno de los pocos países industrializados que requiere firmas en los puntos de venta en lugar del sistema británico Chip and PIN, y según se informa, allí ocurren más fraudes con tarjetas de crédito que en el resto del mundo.

Comparada con una huella dactilar o un escaneo ocular, “es relativamente fácil de copiar o alterar”, indica el experto en fraude de identidad Tom Craig.

Tal vez por esto se sienta extraño que donde más se usa la firma es en el sistema bancario: en las cosas realmente importantes, como una solicitud de hipoteca o un gran retiro de dinero de una sucursal.

Pero siempre hay un sistema de controles alrededor de la firma -identificación fotográfica o verificación de crédito- que muestre que se puede confiar en la firma por sí misma. Existe en la forma del asentimiento a un acuerdo pero mucho menos como identificador.

Es cuestión de tiempo que la tecnología de reconocimiento de voz o la biometría la reemplace del todo, cree Craig. “Puedo ver la muerte de la firma, no en el futuro cercano, pero eventualmente”.

Las alternativas ya están bien establecidas. En 2000, el presidente Bill Clinton estampó la primera firma electrónica a una ley estadounidense. Ahora Obama tiene una máquina de firmar que usó para poner su rúbrica en las leyes cuando fue de vacaciones a Hawai.

Igualmente, la escritora Margaret Atwood creó un dispositivo llamado LongPen, que le permite autografiar libros remotamente para sus lectores.
Por todo esto, se teme que el arte de la firma desaparezca.

Los medios canadienses están molestos porque los niños simplemente impriman sus nombres en vez de firmarlos, debido al dominio de la tecnología digital.

En EE.UU., una iniciativa que busca asegurar la consistencia en la educación del país, no menciona la caligrafía, aunque siete estados -California, Idaho, Indiana, Kansas, Massachusetts, Carolina del Norte y Utah- la han hecho obligatoria.

Apego emocional

Al otro lado del Atlántico es otra historia. El Curriculum Nacional, a implementarse en Inglaterra a partir de septiembre de 2014, requiere que se enseñe a los pupilos “la escritura fluida, legible y, eventualmente, veloz”.

Entre los pedagogos se reconoce que “escribir es más que poner estas marcas en una página”, dice Rhona Stainthrop, profesora de educación en la Universidad de Reading, que trabaja con la Asociación Nacional de Escritura. Y se aplica tanto a las firmas como a la escritura común.

“Cuando hablo con niños sé que tienen este concepto de la firma”, afirma. “Es algo que ves al final de la primaria, cuando empiezan a desarrollarla. Hacen tarjetas de Navidad y del Día de la Madre en clase y las firman”.

El hecho de que esta clase de apego se forma en nuestras propias firmas a una edad tan temprana sugiere que tenga más vida de lo que imaginan los entusiastas de la tecnología. Si sobrevive, no será porque es más segura o eficiente, sino por su apego emocional en la gente.

Mike Allen, analista de documentos forenses con 30 años de experiencia, señala que “es alguien dejando su huella y diciendo ‘Acepto esto’. No es sobre estar más seguro, vale porque es de uno”.

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