4 consejos fundamentales a la hora de discutir

Nuestras relaciones personales y laborales son frágiles. Pasamos varias horas de nuestro día con familiares, amigos y compañeros de trabajo y eso hace que las discusiones puedan aparecer en cualquier momento. A veces tenemos razón, otras simplemente estamos cegados por la ira o la tristeza, pero hay pautas que jamás tenemos que perder de vista si realmente nos interesa crecer como personas y que las diferencias entre puntos de vista puedan repararse sanamente.

1. Cuidado con lo que decís. Aunque no lo entiendas, las palabras a veces tienen un poder independiente de tu persona. Mal utilizadas pueden realmente dañar a las personas y colocarte en una situación que dificilmente pueda tener marcha atrás. Pero el hecho de que sean potentes, también significa que tus palabras bien utilizadas pueden probar tu argumento, explicar tu postura y lograr que los demás te comprendan.
Ser capaces de controlar lo que decimos, independientemente del contexto en que nos encontramos, es una manera garantizada de plantear tu punto de vista sin herir a las personas que te rodean.

2. Mostrar siempre respeto. Cuando confiás en tus ideas, tu forma de expresarlas y tu tono deben reflejarlo. Nunca interrumpas a la otra persona cuando está hablando. Ocupate primero de estar atento a lo que te está queriendo decir. Luego tomate unos minutos y mucha paciencia y explicá tranquilamente tu modo de ver las cosas.
Usando bien tus argumentaciones, sin gritar ni insultar hace más difícil a los otros cuestionar lo que estás diciendo. Tené en cuenta que no todo es blanco y negro, que si bien tenés tu postura formada, escuchar al otro puede abrirte nuevas perspectivas sobre un mismo tema. Hacele saber a la otra persona si existen puntos en los que están de acuerdo, o en los que podrías haberte equivocado y recién entonces podrás manifestar un argumento más claro y más convincente.
El secreto es escuchar y demostrar el mismo respeto que te gustaría que te demuestren a vos.

3. Entendé el poder que tenés. Nunca permitas que la ira o el dolor maneje la dirección de tus argumentos. Esto no sólo podría destruir por completo tus argumentos, sino que tampoco te hace quedar como una persona centrada y racional. Por supuesto que tu estado de ánimo influirá en tu tono, pero podés elegir tus palabras con cuidado. Descubrirás que estar calmo puede ayuarte mucho más que simplemente ladrar como un perro con las primeras palabras que te surgen en la mente.
Las palabras tienen un valor individual y seleccionar la secuencia correcta a la hora de exponer un punto de vista puede marcar toda la diferencia. Organizá tus pensamientos antes de hablar, nunca uses lenguaje hiriente, hablá pausado y articuladamente. Tené en cuenta que la persona que controla la conversación, controla los resultados. Hablar suavemente y pensar bien tus palabras antes de decirlas, te llevará a conseguir lo que querés.

4. Sé sincero. Decir lo que se quiere decir y sentir realmente lo que decís, ni más ni menos. No tiene sentido hablar por hablar ni usar frases vacías. Si pedís disculpas, que sean sinceras. De lo contrario mantené tu boca cerrada.
La sinceridad a la larga genera credibilidad. Si sos conocido por honestidad, la gente estará más interesada en escucharte hablar. En cambio, si estás catalogado como una persona falsa, nadie le dará valor real a tus palabras.
La exageración, un tono displicente o la falta de contacto visual, también generan una sospecha de falta de sinceridad.
Sólo comprendiendo el valor de las palabras, la forma en la que las utilizás y la racionalidad a la hora de enfrentarte con puntos de vista distintos, puede hacerte “ganar” cualquier discusión.

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